Si tenía en cuenta que el propio señor Contreras me había lanzado acusaciones cuando lo había puesto al corriente de la desaparición de Petra, agradecí que quisiera defenderme delante de los padres de la chica.

Mi tío se alegró de tener un nuevo objetivo al que atacar.

– ¡Usted, sea quien sea, métase en sus asuntos!

Rachel habló desde las sombras de detrás del piano:

– Peter, gritar y enfadarse no lleva a ninguna parte.

Peter, el señor Contreras y yo nos sobresaltamos. En el calor de la discusión, nos habíamos olvido de que mi tía estaba allí.

La noche anterior, cuando finalmente los había localizado, estaban de acampada en las montañas Laurentinas con sus cuatro hijas pequeñas. Fue la secretaria de Peter en Kansas City quien me facilitó los teléfonos pertinentes y organizó que el avión de la empresa volase a Quebec a recoger a la familia. Peter y Rachel condujeron toda la noche para llegar al aeropuerto. El avión de Industrias Cárnicas Ashland dejó a Rachel y a Peter en O'Hare y continuó viaje hasta Kansas City con las hijas, que quedarían al cuidado de la madre de Raquel.

– Estos últimos días, Petra estaba muy nerviosa -le dije a Rachel-. Me aseguró que no había nada que le causara inquietud, pero ahora pienso que el plan de dejar entrar a esos ladrones en mi oficina le estaba pasando factura.

– Petra no conoce a ningún matón, maldita seas -rugió Peter-. Tú, sí. Eres tú la que está liada con los Anacondas, joder, y la que va a Stateville a visitar a Johnny Merton, que está entre rejas.

– ¿Cómo sabes lo de Merton? -me quedé anonadada.

– Petra y yo hablamos todos los días. -Rachel esbozó una sonrisa forzada a modo de disculpa-. En ocasiones, tres veces al día. Ella nos ha hablado de tus encuentros con ese hombre en la cárcel. Le pareció una noticia interesante.



11 из 414