
– Y también lo he sabido a través de Harvey -me espetó Peter-. Dice que desobedeciste las órdenes directas de un juez local para que dejaras de investigar a esos gánsteres.
Si no hubiese estado tan alterada, me habría echado a reír.
– ¿Desobedecer órdenes directas, Peter? Yo no estoy en el Ejército. Ese juez fue jefe mío cuando trabajaba de abogada de oficio. Teme que lo haga quedar mal porque llevó las cosas fatal en un viejo caso en el que estaba implicado uno de la banda de Merton.
– ¿Y qué, si fue así? Un miembro menos de esas bandas en la calle siempre es una buena noticia.
– Pero, Vic, ¿cómo puedes estar tan segura de que Petra fue a tu oficina ayer por la tarde? -quiso saber Raquel.
Ya me había hecho esa pregunta antes, pero estaba tan preocupada que había olvidado responder. Volví a explicarle que había encontrado la pulsera de su hija ante la puerta trasera.
– Y, sí, podría pertenecer a otra persona, pero no lo creo.
– Aunque fuera suya, ¿qué te hace creer que abrió la puerta? -inquirió Peter-. Tal vez fue esa escultora con la que compartes el local. ¿Cómo sabes que no está relacionada con alguna operación mafiosa?
Abrí y cerré la boca varias veces, pero no conseguí articular palabra. Tessa Reynolds es afroamericana y no quería pensar que su raza había suscitado la disparatada sugerencia de mi tío. Pertenece a la aristocracia afroamericana, ya que su madre es una conocida abogada, y su padre, un ingeniero prestigioso. Los dos temen que esté arrastrando a Tessa a la mala vida debido a los casos en los que trabajo y a la gente que pasa por mi despacho. Después de que el allanamiento de mi oficina hubiera salido en los noticiarios de la noche, ya había recibido una llamada de la madre de Tessa.
Estaba tan cansada y confundida que no podía seguir aquel hilo de pensamientos. En vez de ello, conecté el portátil. Me había enviado a mí misma por correo electrónico las imágenes de la cámara que recogían al trío que había entrado en mi oficina la tarde anterior, y se las mostré a Rachel y a Peter.
