James Chapman, que da clases en la penitenciaría de Stateville, me proporcionó muchos detalles de la vida cotidiana de aquella institución penal. Linda Sutherland, que corrigió algunos de los errores que cometí sobre el Ejército de los Estados Unidos en Bleeding Kansas, me aconsejó amablemente sobre las medallas que el señor Contreras habría ganado en la Segunda Guerra Mundial. Dave Case, agente de policía y escritor de novelas de crímenes, me dio útiles detalles acerca del almacenaje de los archivos departamentales. Las hermanas del Eighth Day Justice Center de Chicago me inspiraron en gran manera. Sonia Settler y Jo Fasen hicieron posible que volviera a tener una vida de escritora más normal.

La novela es una obra de ficción. Me he tomado libertades con los cargos de la policía de Chicago y he tratado de no tomármelas con la geografía de la ciudad, aunque, desde luego, de vez en cuando se cuela algún error. Confío en que los lectores avisados me los hagan notar. Sin embargo, casi todo lo que ocurre entre las cubiertas de este libro es producto de la imaginación, tan libre y sin trabas como mi poder para crearlo.

1 La furia de los Anacondas

Johnny Merton jugaba conmigo y los dos lo sabíamos. Para él, era un juego divertido. Cumplía incontables años de cárcel por delitos que iban del homicidio y la extorsión a la litigación excesiva. Tenía mucho tiempo libre.

Estábamos sentados en la sala de Stateville reservada a los abogados y a sus clientes. Me resultaba increíble que Johnny quisiera embaucarme, pensando que podría sacarlo antes de allí. Habían pasado tantos años desde que había dejado de trabajar como abogada criminal, que no podía ser una buena apuesta para ningún convicto y mucho menos para uno que habría necesitado a letrados del prestigio de Clarence Darrow y Johnnie Cochran, trabajando a turnos dobles, para tener la menor oportunidad.



3 из 414