– Quiero que el Proyecto Inocencia se ocupe de mí, Warshawski -anunció aquella tarde.

– Y usted, ¿de qué es inocente, exactamente? -Fingí tomar notas en mi libreta.

– De cualquier cosa de la que me acusen. -Sonrió, invitándome a pensar que estaba haciendo el payaso, pero no me reí. Aquel hombre podía ser cualquier cosa menos un bufón.

Johnny Merton tenía más de sesenta años. Durante mi breve labor como letrada suya, mientras trabajaba en la oficina de los Abogados de Oficio, se había mostrado como un hombre airado, cuya rabia ante el hecho de que le hubieran asignado otro abogado recién licenciado, y mujer, casi me imposibilitaba estar con él en una sala de comunicaciones. Se había ganado el apodo de «el Martillo» porque podía machacar a cualquiera con lo que fuese, incluidas sus emociones. Los veinticinco años transcurridos desde entonces -muchos de ellos entre rejas- no lo habían ablandado exactamente, pero sí había aprendido maneras mejores de enfrentarse al sistema.

– Comparados con los suyos, mis deseos son sencillos -dije-. Lamont Gadsden.

– Ya sabes, Warshawski, que la vida en prisión te quita muchas cosas y una de las que he perdido es la memoria. Ese nombre no me suena de nada.

Se retrepó en el asiento con los brazos cruzados. Los tatuajes de serpientes que se enroscaban desde sus bíceps, de modo que las cabezas reposaban en las muñecas, parecían retorcerse sobre su oscura piel.

– Se dice que usted conoce dónde están todos los Anacondas, pasados y presentes. Incluso el lugar donde reposan, si han dejado este mundo.

– La gente exagera, ¿no te parece, Warshawski? Sobre todo, delante de un policía o de un abogado.

– No busco a Lamont Gadsden por voluntad propia, Johnny, pero su madre y su tía quieren encontrarlo antes de morir. Aunque fuese amigo de usted, su tía continúa considerándolo un buen cristiano.

– Sí, cada vez que mencionas a la señorita Claudia me echo a llorar. Cuando estoy solo y nadie me ve, por supuesto. En el talego no puedes permitirte que te tachen de blando.



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