
– Dudo que la ternura de corazón sea nunca su ruina -dije-. ¿Se acuerda de la hermana Frances?
– He oído hablar de ella, Warshawski. Ésa sí que era una verdadera cristiana. Y he oído que estabas con ella cuando Jesús la acogió en Su seno.
– Oye usted muchas cosas… -Aporté a mis palabras el punto justo de admiración y Johnny se mostró satisfecho, pero no dijo nada-. ¿No le interesa lo que me dijo antes de morir? -lo pinché.
– Uno puede inventar cualquier cosa sobre lo que haya dicho un muerto. Es un buen anzuelo, pero no morderé el cebo.
– ¿Y qué hay de los vivos? ¿No le interesa lo que su hija dice de usted?
– ¿Has hablado con mi hija? -Eso era una novedad para él y la rabia lo impulsó a ponerse en pie al tiempo que se le hinchaban las venas del cuello-. ¿Has molestado a mi familia y encima vienes a contármelo? Aléjate de mi hija. Lleva una vida que enorgullecería a cualquier padre y no quiero que una basura como tú se la estropee, ¿me has oído?
El guardia se acercó desde el rincón y le dio unos golpecitos en el brazo.
– Johnny, tranquilo, hombre.
– ¿Tranquilo? ¿Tranquilo? ¿Cómo quiere que esté tranquilo, cuando esta zorra, esta furcia, acosa a mi familia? No te contrataría como puta, Warshawski. Hueles que apestas.
El guardia llamó pidiendo refuerzos y acudió alguien con unas esposas para Johnny.
– El Proyecto Inocencia, ¿eh? -dije, recogiendo los papeles-. Déjese de bobadas y reconozca que le faltan luces para mantener su culo patético fuera de la cárcel.
Pasé el registro al que deben someterse incluso los abogados al salir de Stateville. No había traído nada conmigo y también me marchaba con las manos vacías. Johnny y yo no nos habíamos intercambiado nada en los tres cuartos de hora que habíamos estado juntos. Sin embargo, para asegurarse del todo, los guardias registraron el maletero del coche.
