Tan pronto estuve fuera del recinto de la cárcel, me detuve en la cuneta para estirar los brazos. Cuando esas puertas se cierran a tu espalda, la tensión se acumula hasta en los músculos más relajados y ni un solo segundo del tiempo que acababa de pasar entre aquellos muros me había tranquilizado.

Joliet, el lugar donde se halla la cárcel, está en el extremo de la periferia de Chicago más densamente poblada y yo llegaría a la carretera cuando todos los habitantes de los barrios occidentales se dirigían a casa. Sólo de pensar en el tráfico, noté más tensión en los hombros. Mientras avanzaba a paso de tortuga, anoté en mi agenda que había dedicado cuarenta y cinco minutos a la investigación de Lamont Gadsden. Hacía mucho que ya no ganaba dinero con el caso, pero no podía dejarlo, porque me había implicado en él profundamente.

Salí por el carril del paso elevado en Country Club Plaza y por fin me encontré cerca de calles que conocía y donde podría tomar atajos entre las autovías. Eran casi las siete y el sol de septiembre, cerca del horizonte, me deslumbraba cada vez que la calzada enfilaba hacia el oeste.

Necesitaba salir al aire libre a correr con mis perros. Quería expulsar Stateville de mis pulmones y de mis cabellos, y luego me apetecía enroscarme en el sofá con algo que beber en la mano y ver el partido de los Cubs contra los Cardinals. Sin embargo, tenía dos informes que terminar para el cliente con el que cubría mis necesidades básicas. Lo mejor sería pasar por el despacho, terminarlos y, después, disfrutar del partido.

Nada me previno de que el recorrido desde Joliet sería el rato más relajado de que iba a disfrutar en las horas siguientes. Cuando tecleé el código de acceso a la entrada del edificio, todo se veía normal. La cerradura se abrió con un resuello de ganso moribundo. Aquello tampoco era inusual. Tuve que empujar la puerta con el hombro para que se abriera. También normal.



6 из 414