Sólo después de abrir la puerta de mi oficina me llevé el sobresalto. Cuando encendí las luces del techo, vi todos mis papeles en el suelo. Habían vaciado los archivadores y habían sacado los cajones, que estaban tirados por el despacho sin orden ni concierto. Mis mapas militares colgaban de los bordes de sus estanterías.

– No… -me oí susurrar. ¿Quién me odiaba tanto que había desatado aquella furia contra mí?

Tuve un escalofrío y me rodeé el pecho con los brazos. Mi oficina es un gran establo dividido en pequeñas habitaciones, como las de una casita de muñecas. Hay muchos lugares donde esconderse. Retrocedí hasta el vestíbulo y dejé el portafolios en el suelo cuidadosamente, como si fuera un paquete de huevos que necesitase protección. Saqué el móvil del bolsillo de la chaqueta y llamé a la policía. Con el teléfono en la mano, recorrí de puntillas las distintas habitaciones.

Los intrusos habían escapado, pero habían desahogado su rabia en todas partes. Fui a la parte trasera y vi que habían revuelto mi sofá cama y habían desmontado la fotocopiadora. Sorteé los cajones volcados y entré en el cuarto donde tenía mi despacho. Allí, habían tirado de los cajones con tanta fuerza que la madera se había resquebrajado. Las mismas manos violentas habían destrozado mis manuales de referencia. El suelo estaba lleno de páginas arrancadas del Código Criminal de Illinois, como si fueran los restos de un desfile de la victoria. Los marcos del grabado de mi madre del palacio de los Uffizi y de mi litografía de Nell Choate Jones estaban abiertos y astillados, y los cuadros, tirados en el suelo bajo los añicos de cristal.

Me agaché y recogí el del palacio de los Uffizi, acunándolo como si fuera un niño. Al cabo de un rato, mi cerebro inactivo empezó a funcionar. No toques nada, por si la policía científica se toma el caso en serio.

¿Y qué había de Tessa, con quien comparto el alquiler del espacio? Fui a la zona del estudio donde Tessa se dedica a soldar grandes trozos de metal para convertirlos en esculturas de la era espacial, pero todo estaba en orden. Debía de haber estado allí por la tarde, porque persistía en el aire el leve olor acre de la soldadura. Con las manos sudorosas y el corazón desbocado, señales claras de ira y miedo, me senté ante su mesa de dibujo y esperé a que llegara la policía.



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