Cuando oí la sirena, salí a recibir a los agentes. Un coche patrulla, cuyas luces estroboscópicas teñían el crepúsculo de las calles de un azul espectral, se detuvo ante el edificio. De él se apearon dos polis: una mujer joven y un tipo barrigudo de mediana edad.

Los detuve a la entrada para mostrarles el panel del cierre electrónico. Alguien que conocía la combinación había estado allí. O alguien con un dispositivo muy sofisticado. El barrigudo tomó nota. Preguntó cuántas personas conocían el código.

– La compañera con la que comparto el espacio. Las dos personas que trabajan para mí. No sé a cuántas personas les habrá dado la combinación la señora Reynolds, mi compañera de espacio.

– ¿Hay una salida trasera? -preguntó la mujer.

Los llevé por el pasillo hasta la puerta de atrás. Se cerraba sola y no tenía cerrojo por la parte exterior. La mujer iluminó con la linterna el suelo de cemento del exterior.

Vi una tira de goma blanca, una de esas pulseras elásticas que llevan ahora los chicos para mostrar su apoyo a cualquier cosa, desde las investigaciones para curar el cáncer de mama hasta el equipo de hockey de su facultad. Me arrodillé para recogerla, pero antes de mirarla ya sabía lo que llevaba escrito: UNO. Si llevabas aquello, se suponía que querías trabajar por un planeta unido en el amor y en la lucha contra el sida y contra la pobreza, todo a la vez. Mi prima Petra tenía una de aquellas pulseras. Le quedaba grande y, cuando gesticulaba, se le escapaba del brazo.

Petra. Petra aquí, en esta oficina, mientras se desencadenaba aquel tornado infernal. Se me nubló la visión y caí de bruces al suelo.



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