
Por fin, vio que Vernon Hawkins abandonaba la casa por una puerta lateral. El viejo detective fue esquivando las luces de la policía y las cámaras de televisión hasta arrimarse a un árbol, como si estuviera agotado.
Conocía a Hawkins desde hacía años, gracias a docenas de noticias. El veterano detective siempre había sentido especial simpatía por Cowart; le había dado chivatazos en repetidas ocasiones, le había revelado información confidencial y explicado detalles secretos, y también le había dejado entrar en la vida inexorablemente peligrosa de un detective de homicidios. Cowart consiguió colarse por debajo de la cinta amarilla que acordonaba la zona y se acercó al detective. El hombre frunció el entrecejo, luego se encogió de hombros y le indicó que se sentara.
El detective encendió un cigarrillo. Después, por un instante, clavó la mirada en el resplandeciente cielo.
– Esto es un crimen -dijo con una risa compungida-. Me están matando. Solían hacerlo poco a poco, pero me hago viejo y el ritmo se va acelerando.
– ¿Y por qué no lo dejas? -preguntó Cowart.
– Porque es lo único de este mundo que me saca el olor a decrepitud de las narices. -Dio una larga calada y la brasa iluminó las arrugas en su rostro. Tras un momento de silencio, se volvió hacia Cowart-: Bueno, Matty, ¿qué te trae por aquí una noche como ésta? Deberías estar en casa con tu encantadora mujer.
– Vamos, Vernon.
El detective sonrió y recostó la cabeza en el árbol.
– Acabarás como yo, sin otra cosa que hacer por la noche que acudir a la escena del crimen.
– Vete al infierno, Vernon. ¿Qué puedes decirme del interior de la casa?
El detective soltó una lacónica risa.
– Un tipo desnudo y con el cuello cortado. Una mujer desnuda y con el cuello cortado. Ambos en la cama. Y sangre por toda la jodida casa.
