
– ¿Y?
– Tenemos al sospechoso.
– ¿Quién es?
– Un adolescente. Un fugitivo de Des Moines al que las víctimas recogieron esta misma noche. Habían ido a dar una vuelta en coche hasta Fort Lauderdale, y allí lo encontraron. Luego se montaron un trío. El único inconveniente fue que, después de pasar un buen rato, el chico decidió que no tendría suficiente con sus cien pavos. Ya sabes, vio el coche, un buen vecindario y todo lo demás. Discutieron. El muchacho sacó una navaja, un arma estupenda. El primer tajo atravesó la yugular del hombre… -De repente rasgó la oscuridad con un rápido movimiento-. Caes fulminado. La sangre borbotea un par de veces y ya está; te mantienes vivo lo suficiente para ser consciente de que te mueres. Una manera cruel de morir. La mujer empezó a chillar, claro, y echó a correr. Pero el chico la agarró del pelo, la tumbó hacia atrás, y ¡bingo! Algo rápido, sólo le dio tiempo a gritar una vez más. Pero, mira por dónde, esta vez alertó al vecino que nos llamó; un tipo con insomnio que había salido a pasear con su perro. Detuvimos al chico cuando se disponía a marchar. Estaba cargando el coche con el equipo de música, la televisión, ropa y todo lo que podía. Iba todo ensangrentado.
Echó un vistazo al otro lado del patio y añadió con expresión ausente:
– Matty, según Hawkins, ¿cuál es el primer mandamiento de la calle?
Cowart sonrió en la oscuridad. A Hawkins le gustaba hablar con máximas.
– El primer mandamiento, Vernon, es nunca te busques problemas, porque los problemas llegan cuando quieren.
El detective asintió.
– Un muchacho encantador. Un muchacho psicópata realmente encantador. Él dice que no tiene nada que ver.
– Joder.
– No es tan extraño -prosiguió el detective-. Quiero decir, que a lo mejor el chico culpa al señor ejecutivo y a su esposa por lo ocurrido. Si ellos no hubieran intentado engañarle, ya sabes a qué me refiero.
