
—¿Qué te ha pasado? ¿Estás herida?
Ella no respondió y siguió llorando en silencio, sin manifestar el menor dolor a la palpación. Por otra parte, la sangre estaba casi seca.
—No, no parece que te hayas hecho daño. Pero ¿de dónde vienes así? ¿Quién eres?
Mirándole con unos ojos color avellana enrojecidos por las lágrimas, la pequeña se quitó el dedo de la boca y pronunció dos únicas sílabas:
—Vi... laine.
Luego volvió a colocar el pulgar donde estaba antes.
—¿Villana? Eso no es un nombre. ¡Y además tú no lo eres! Las villanas no tienen unas muñecas tan bonitas —añadió, e intentó tomar el juguete de las manos de su pequeña propietaria, que no lo soltó. Era en efecto un objeto caro, de madera bien torneada, con cabellos de hilaza y un vestido de terciopelo a la moda con una gorguera alrededor del cuello.
Los interrogantes se multiplicaron en la mente del muchacho. ¿De dónde podía venir aquella niña? Tenía que haber sucedido una desgracia en alguna parte, pero ¿dónde? Intentó averiguarlo pronunciando el nombre de dos o tres palacios o mansiones ricas de los alrededores, algunas de ellas pertenecientes a vasallos del principado de Anet, pero en lugar de contestar la niña se puso a llamar a gritos a su Tata.
Para colmo, la tormenta que François había acabado por olvidar se materializó después de un trueno más violento aún que el anterior, y de golpe rompió un fuerte aguacero.
