—No podemos quedarnos aquí. Tengo que llevarte a nuestra casa. Quizás alguien sepa quién eres.

Al punto, ella calló y le tendió una manecita sucia con los dedos separados, que parecía una estrella de mar. En un instante quedó empapada, y François casi tanto como ella. Compadecido, se quitó el jubón para envolverla.

—¡Ven! ¡Hemos de darnos prisa!

Se preguntó inquieto cómo podría hacerla andar con los pies lastimados, y además ella no podría seguir su paso.

—Tendré que llevarte en brazos —suspiró, un poco asustado por esa nueva responsabilidad; pero ella apenas era mayor que un bebé y cuando la levantó resultó más ligera de lo que pensaba.

Entonces, sin soltar su preciosa muñeca, ella rodeó con su brazo libre el cuello de su salvador y posó la cabeza en su hombro con un suspiro de felicidad. No sabía quién era ese chico, ¡pero era tan guapo con su largo y lacio cabello rubio y sus ojos claros! ¿Un ángel, tal vez? En cualquier caso, se sentía bien con él.

—No te duermas y sujétate fuerte —aconsejó el joven héroe—. Voy a intentar correr.

Pronto comprendió que había sobreestimado sus fuerzas, y reemprendió la marcha a buen paso maldiciendo al estúpido caballo que le había dejado plantado en el momento en que más lo necesitaba. En cuanto a lo que sucedería cuando se presentara en el castillo con su hallazgo, ni siquiera intentó imaginarlo.

Recorrieron de ese modo un buen cuarto de legua, deteniéndose de vez en cuando para que el porteador recuperase el aliento. Gracias a Dios, la lluvia había cesado. A pesar de ello, François estaba exhausto cuando divisó por fin Anet, preguntándose por qué, al ver volver a su caballo sin él, no habían enviado a alguien a buscarlo. Y, por descontado, era horriblemente tarde. El enorme ciervo de bronce rodeado por cuatro perros de caza que adornaba el remate de la gran fachada y servía de reloj, hizo sonar ocho campanadas con su martillo mecánico.



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