—¡Misericordia! —gimió François mientras depositaba su carga sobre las losas del patio de honor—. ¡Ya oigo silbar la correa!


Sin embargo, el castillo no se encontraba en su estado normal. Los guardias hablaban animadamente formando pequeños grupos y nadie le prestó atención. La agitación se centraba alrededor de una gran carroza de viaje, tan cubierta de barro y polvo que) era imposible adivinar qué blasón llevaba pintado en la portezuela. Los lacayos corrían en todas direcciones. Estaban desenganchando los caballos, y cuando el joven paró a alguien para preguntarle qué pasaba, el hombre apenas se tomó el tiempo para decirle:

—¡No lo sé de cierto! Monseñor el obispo de Nantes ha llegado aún no hace una hora, y todo el mundo está reunido en el salón de las Musas...

Sorprendido, François alzó las cejas. El obispo en cuestión, Philippe de Cospéan, era un viejo amigo de la familia, el consejero íntimo y más fiel de la duquesa, pero era la primera vez que su llegada ocasionaba aquel alboroto. François quiso entonces tomar de la mano a su pequeña acompañante para llevarla ante su madre, pero vio que lloraba de nuevo y que temblaba bajo su camisón empapado. Su mirada implorante hizo que volviera a tomarla en brazos:

—Vamos a reunimos con la familia. Veremos qué pasa —suspiró.

Nunca le había parecido tan grande el hermoso castillo reconstruido en el siglo anterior por Diana, la duquesa de Valentinois, ni tan imponente el salón de las Musas, con sus paneles pintados y dorados, sus marcos de mármol y su suntuoso mobiliario. Se encontraban allí muchas personas, pero la mirada de François se dirigió a su madre, sentada junto al obispo que, visiblemente cansado, le hablaba. Ella parecía agitada por una intensa emoción. Había huellas de lágrimas en su bello rostro, casi tan blanco como la enorme gorguera en «rueda de molino» que parecía ofrecer su cabeza sobre una bandeja de nata montada. Su hijo mayor se reclinaba con aire grave en su sillón y ella daba la mano a su hija, sentada a sus pies sobre un cojín de terciopelo. Alrededor de ellos, las damas y los oficiales de la casa ducal guardaban una inmovilidad llena de estupor, como si en lugar de seres vivos fueran personajes de un tapiz.



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