A pesar de la tensión reinante, la entrada de François no pasó inadvertida.

—¡Dios mío! Martigues —exclamó su hermano Louis de Mercoeur con tono irritado—, ¿de dónde venís en ese estado y con semejante compañía? ¿Qué nueva estupidez habéis cometido? ¿Quién es esa mendiga?

La indignación apagó, como una vela en una corriente de aire, la legítima inquietud del muchacho.

—No es una mendiga. La he encontrado en el bosque tal como la veis: descalza, con su muñeca y el camisón manchado de sangre. ¡Miradla mejor, a menos que vuestra soberbia y vuestro egoísmo os nublen la vista!

—¡Paz, hijos míos! —cortó Madame de Vendôme—. No es momento de peleas. François nos dirá dónde ha encontrado a esta niña...

El interpelado no tuvo tiempo de abrir la boca. Ya su hermana se había precipitado hacia él. Se arrodilló delante de la pequeña que su hermano había depositado en el suelo, y examinó la carita sucia y húmeda de lágrimas.

—¡Madre! —exclamó—. Alguna desgracia debe de haber ocurrido en La Ferrière. Esta niña es la más pequeña de los hijos de Madame de Valaines. Se llama Sylvie.

—¡Claro! —dijo François, al comprender—. Cuando le pregunté su nombre, sólo lo entendí a medias: vi... laine. No sabía qué hacer, ya que mi caballo, asustado por la tormenta, me había descabalgado...

—¡Y pensar que se tiene a sí mismo por un centauro! —comentó Mercoeur con una risita.

El muchacho iba a replicar en tono áspero cuando apareció Monsieur de Raguenel, que venía de cumplir algún encargo de la duquesa. Al ver a la niña, palideció y corrió hacia ella para tomarla entre sus brazos.



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