
—¡Sylvie! ¡Dios mío!... Pero ¿cómo ha llegado aquí, y en este estado?
Parecía tan trastornado que Madame de Vendôme dejó que François contara de nuevo su historia.
—Entonces, la cogí en brazos y la traje aquí —concluyó.
—Y habéis hecho muy bien —aprobó su madre—. ¡Bien, vamos a lo más urgente! Madame de Bure —se volvió hacia la gobernanta de Elisabeth—, llevaos a esta pobre pequeña que parece haber sido víctima de una gran desgracia. Ocupaos de que la bañen, la alimenten y la acuesten. Cuando sepamos con certeza qué ha ocurrido, decidiremos qué hacer con ella.
La interpelada se acercó a Sylvie para tomarla de la mano, pero ella se aferró obstinadamente a la mano de François, decidida a no dejarlo: en el momento en que tenía aquella pesadilla tan horrible, Dios le había enviado un ángel, y ella quería conservarlo a su lado. De manera que soltó un aullido cuando intentaron separarla de él. Fue necesario que él prometiese ir a verla cuando estuviera acostada, para conseguir que callara.
—Muy bien —suspiró la duquesa—. ¡Monsieur de Raguenel!
El escudero no pareció escucharla. Tenía los ojos fijos en la puerta por la que acababa de desaparecer Sylvie. Pero contestó a la segunda llamada.
—¿Conocéis bien a los Valaines?
—Sí, señora duquesa. La baronesa me ha hecho el honor de considerarme su amigo desde la muerte de su esposo. Estoy muy preocupado.
—Lo imagino. Tomad una decena de hombres armados y marchad a La Ferrière. Volveréis a informarme tan pronto os sea posible. En cuanto a vos, François, iréis a cambiaros de ropa más tarde. Acaba de ocurrir una gran desgracia, y debéis ser informado de ella. —Sin más explicaciones, se dirigió de nuevo al obispo—: No puedo comprender cómo mi cuñado, el Gran Prior de Malta, ha podido dejarse engañar hasta el punto de ir a buscar a mi esposo a Bretaña para llevarlo a Blois. Y para empezar, ¿por qué a Blois?
