
Pero cuando, después de una noche agitada, François bajó a las caballerizas antes del amanecer, tuvo la sorpresa de encontrar allí al escudero de su madre, el caballero de Raguenel, paseándose arriba y abajo en medio del ajetreo de los palafreneros y los aguadores. François fingió no haberlo visto, pero el caballero le alcanzó en el momento en que llegaba a la gran puerta del recinto.
—Y bien, monseñor François, ¿adónde os disponéis a ir tan temprano?
—A dar un último paseo.
Perceval de Raguenel era una persona cortés y amable, pero François lo encontró francamente antipático cuando le preguntó:
—¿Y en qué dirección? ¿No sabéis que volvemos ahora mismo a París? Apenas os queda tiempo para pasear. Salvo que sólo queráis dar una vuelta por el parque...
François se ruborizó:
—Bien, yo...
No encontraba las palabras. El escudero le ayudó:
—¿Por qué no vais a hablar del tema con la señora duquesa? Os está esperando en sus aposentos.
—¿Mi madre? Pero ¿por qué?
—Imagino que ella os lo dirá. ¡Apresuraos! Dentro de diez minutos irá a la capilla para sus rezos.
No viendo otra opción, François salió a la carrera y unos minutos más tarde una doncella le abría la puerta de la habitación en que François e de Vendôme estaba acabando de peinarse. Era la antigua habitación de Diane de Poitiers, una estancia suntuosa pero sólo un poco más que las veintidós restantes de aquel castillo casi real.
