
Nada más cruzar el umbral, el muchacho saludó y luego se acercó a su madre en medio del trajín de unas camareras que le miraban sonrientes. Madame de Vendôme no sonreía.
—¡Vaya! ¡Estás aquí! Me parece bien. Julie —añadió, dirigiéndose a su peluquera—, déjame un momento y llévate a todo el mundo.
Cuando las últimas faldas desaparecieron detrás de la puerta, preguntó:
—Veamos, ¿adónde querías ir tan temprano?
—A dar un último paseo, señora, porque enseguida vamos a volver a París.
—¿Y en qué dirección? ¿Pensabas quizás acercarte a Sorel?
El principito enrojeció sin atreverse a responder, y observó a su madre con aprensión. En efecto, a pesar del amor que les dispensaba sin demostrarlo demasiado, François de Lorraine-Mercoeur, duquesa de Vendôme por su matrimonio, poseía el don de impresionar a sus tres hijos en mucha mayor medida que el duque César, su padre, cuyo carácter alegre, su gusto por las bromas con frecuencia pesadas y su despreocupación mostraban su origen bearnés y hacían de él un interlocutor menos imponente.
Influía en ello el hecho de que ella pretendía ser ante todo una sierva del Señor, dado que había sido educada por su madre en unos principios cristianos de estricta rigidez, que le permitían conservar cierta austeridad en medio del fasto al que le obligaban su rango, su gran fortuna —había sido uno de los mejores partidos de Europa— y el amor que profesaba a un esposo de gustos netamente opuestos a los suyos propios, salvo en lo que respecta al lujo y el poderío de su casa.
