
– ¿De dónde sacaríamos la leña para hacer el fuego?
Ella miró a su alrededor. Los camiones iban cargados hasta arriba, pero no había nada parecido a maderos, ni siquiera palos.
– Cierto.
– Las cocinas son más prácticas. Se calientan rápidamente y son menos peligrosas que el fuego.
– Aquí hay poco que quemar.
– Nosotros.
– Ah, Vale -miró a los hombres que estaban trabajando en la cocina-. ¿Debo ofrecerles mi ayuda? En el castillo a los cocineros no les gustaba que entrase cualquiera en la cocina.
– ¿Por qué ibas a ayudar?
– Porque soy una trabajadora más, igual que ellos. Y porque es de buena educación.
– No tienes que cocinar.
Se suponía que los servicios que tenía que prestar eran otros. Se le hizo un nudo en el estómago, pero lo ignoró. Tampoco quiso pensar en compartir la cama con Kateb. Ya lo haría más tarde. Cuando llegasen al misterioso pueblo del desierto. Por el momento, estaba a salvo.
Lo miró, observó la elegante inclinación de su cabeza, la cicatriz de su cara. Kateb gobernaba el desierto. Podía hacer lo que quisiera con ella y nadie lo detendría. Así que lo de estar a salvo era relativo. Dio un paso atrás.
– Nunca he ido de acampada -dijo-. Es agradable. La vida en el desierto es más moderna de lo que yo había pensado.
– Esto no es la vida en el desierto. Estar en el desierto es ser uno con la tierra. Es viajar con camellos y caballos, llevando sólo lo necesario. El desierto es bello, pero también peligroso.
Victoria clavó la mirada en su cicatriz. Había oído rumores de que lo habían atacado cuando era adolescente, pero no conocía los detalles. No le había parecido importante preguntarlos. No sabía mucho acerca de Kateb. Si hubiese imaginado que iba a pasar más tiempo en su compañía, se habría molestado en hacer más preguntas.
Uno de los hombres les llevó dos sillas plegables y las colocó a la sombra. Victoria no estaba segura del protocolo, pero esperó a que se sentase Kateb antes de imitarlo. Después el mismo hombre volvió con dos botellas de agua y ella aceptó una, agradecida.
