
– Crecí en Texas -comento, más para llenar el silencio que porque pensase que a él le pudiese interesar-. En una pequeña ciudad entre Houston y Dallas. No se parecía en nada a esto, aunque también hacía mucho calor en verano. No había muchos árboles, así que cuando estabas en la calle, era difícil escapar del sol. Recuerdo también que había tormentas de verano. Me gustaba quedarme debajo de la lluvia, dando vueltas sin parar. Aunque el ambiente no se llegaba a refrescar.
– ¿Te gustaba vivir allí?
– No conocía otra cosa. Por entonces, mi padre desaparecía durante semanas enteras. Mamá lo echaba de menos, pero a mí me gustaba que estuviéramos las dos solas. Me sentía más segura. Luego él volvía, a veces con mucho dinero, otras, sin blanca y furioso. Mi madre siempre se sentía feliz, hasta que volvía a marcharse.
Pero de eso hacía mucho tiempo.
– ¿Cuándo murió?
– El día de mi diecisiete cumpleaños.
Victoria no quería pensar en ello.
– Casi siempre tenía dos trabajos. Trabajaba en una peluquería por el día y en un bar por la noche. Le gustaba hablar de abrir un salón de belleza conmigo. Yo nunca le dije que estaba esperando a cumplir los dieciocho años para marcharme.
– ¿Adonde fuiste?
– A Dallas -sonrió al recordarlo-. Para mí era una gran ciudad. Encontré trabajo, me apunté a la facultad y me dejé la piel. Empecé de camarera y fui subiendo poco a poco. Gané dinero gracias a las propinas y cuando terminé mis estudios, encontré trabajo como administrativa.
– ¿Por qué no hiciste una carrera de cuatro años?
– Porque costaban demasiado dinero. Trabajar a tiempo completo y estudiar a la vez no es fácil. Así que conseguí un trabajo en una empresa petrolera.
– Y a través de ella, conociste a Nadim.
– Después de un tiempo.
