
– ¿Y tu padre?
– Durante ese tiempo, no hablé mucho con él. Acudió a mí un par de veces, buscando dinero -contestó ella.
– ¿Se lo diste?
– Sólo la primera vez -pero tampoco quería pensar en eso-. Supongo que no hay una ducha en ninguno de esos camiones.
– No. Tendrás que esperar a que estemos en el pueblo.
– Y supongo que tampoco hay una alargadera para mis tenacillas.
– No -contestó él muy serio.
– No tiene demasiado sentido del humor, ¿verdad?
– ¿Se supone que estabas siendo graciosa?
Ella se rió.
– Imagino que no quiere parecer humano.
– Soy muchas cosas, Victoria -contestó él mirándola fijamente. Casi como un… depredador.
No, Victoria debía de habérselo imaginado. Kateb no estaba interesado por ella ni lo más mínimo. No obstante, la idea hizo que fuese consciente de su cercanía, de su dominio del espacio a pesar de estar al aire libre.
Se estremeció.
– ¿Vamos a ir en coche todo el camino? -preguntó, a ver si cambiando de tema se sentía mejor.
– No -respondió él, apartando la mirada-. Llegaremos al pueblo por un camino. Yo iré en caballo. Puedes acompañarme si quieres. Si sabes montar.
– En caballo, ¿verdad? No en camello.
– No, en camello, no.
– Entonces, sí sé montar.
Había aprendido durante su primer año en El Deharia. El acceso libre a los establos era una de las ventajas de su trabajo.
– Espero que hayas traído otras botas.
Ella miró sus botas de tacón.
– Son preciosas.
– No son prácticas.
– Estaban de rebajas. Se moriría si le dijese cuánto dinero me ahorré -lo miró, y apartó la vista-. O tal vez no -Kateb no parecía ser de los que salían de compras, ni de los que iban de rebajas.
Victoria oyó un alarido a lo lejos. La respuesta fue otro más cercano. Era algo parecido al aullido de un lobo.
Le entraron ganas de salir corriendo para ponerse a salvo, pero Kateb no se movió, ni sus hombres parecieron inmutarse.
