
– ¿Es algo de lo que debiéramos preocuparnos? -le preguntó.
– No si estás cerca del campamento.
De pronto. Victoria se dio cuenta de que no se habían detenido allí al azar. Tenían un precipicio a la espalda y los camiones estaban colocados en semicírculo. Era difícil que los atacasen. Aunque ella esperaba que nadie lo hiciese, si no, no sería capaz de hacer otra cosa que no fuese gritar.
¿Qué estaba haciendo allí, en medio del desierto con un hombre al que no conocía? ¿En qué había pensado al ofrecerse para ocupar el lugar de su padre?
Se recordó a sí misma que no lo había hecho por él.
Miró a Kateb y se preguntó qué esperaría de ella. ¿Qué querría que hiciera? Sintió miedo.
– ¿Es alguna de esas tiendas la mía? -preguntó.
El señaló la que estaba en el medio.
– Disculpe -dijo, levantándose y yendo hacia ella.
En el interior encontró una cama con sábanas. Su equipaje había sido colocado contra la otra pared de tela. Teniendo en cuenta que era sólo una tienda, estaba bien.
Aunque eso le daba igual. Se dejó caer en la cama y se hizo un ovillo.
Se puso a llorar. Estaba comportándose de forma un poco melodramática, pero tenía miedo. Estaba completamente aterrada.
Fuera, oyó hablar a los hombres. Un poco después, la puerta de la tienda se abrió y uno de los cocineros le informó de que la cena estaba lista.
– Gracias -contestó ella, apoyándose en un codo-, pero no tengo hambre.
El dijo algo que Victoria no entendió y se marchó. Unos segundos más tarde apareció Kateb.
– ¿Qué te ocurre? -le preguntó.
– Que no tengo hambre.
– ¿Estás llorando? No voy a tolerar ningún berrinche. Levántale y ven a cenar.
Su desdén la hizo ponerse en pie y colocar las manos sobre las caderas.
– No tiene derecho a juzgarme -replicó-. Está siendo un día muy duro, ¿de acuerdo? Lo siento si eso le molesta, pero tendrá que aguantarlo.
