
– No tengo ni idea de qué estás hablando.
– Claro que sí. Piensa que soy basura. O algo todavía peor, porque ni siquiera piensa en mí. Soy sólo… no sé el qué. Pero me he vendido. No lo conozco absolutamente nada y no sé qué va a pasar. Me he vendido por un hombre que no lo merece y estoy aquí, en el desierto. Ha dicho que tengo tiempo hasta que lleguemos al pueblo. ¿Qué ocurrirá allí? ¿Qué va a hacer conmigo? ¿Va a… violarme?
La voz empezó a temblarle y las lágrimas inundaron sus ojos, pero se negó a bajar la mirada ni a retroceder.
Kateb tomó aire.
– Soy el príncipe Kateb de El Deharia. ¿Cómo te atreves a acusarme de semejante cosa?
– Es bastante sencillo. Me ha ganado en una partida de cartas y me lleva al desierto para que sea su amante durante seis meses. ¿Qué se supone que debo pensar? -lo miró a los ojos-. No me diga que no me preocupe. Creo que, dadas las circunstancias, es normal que esté nerviosa.
El la agarró del brazo.
– Para.
A ella se le escapó una lágrima. Se la limpió del rostro.
– No te haré daño -le dijo Kateb.
– ¿Cómo puedo saber que es verdad?
Sus miradas se encontraron. Victoria quiso ver algo en su cara, algo de amabilidad o de ternura, pero sólo vio oscuridad y la cicatriz. Kateb se dio la vuelta y se marchó.
Ella se quedó sola en el centro de la tienda, sin saber qué pensar. Estaba tan agotada que se sentó en la cama.
Antes de que le diese tiempo a decidir qué hacer, Kateb volvió con una bandeja, una botella de agua y una caja negra de forma extraña. Era del tamaño de un panecillo.
– Tienes que comer -le dijo-. No quiero que te pongas enferma.
El olor de la carne y de las verduras hizo que le rugiese el estómago, pero Victoria tenía demasiado miedo para comer.
– ¿Qué es eso? -preguntó, señalando la caja.
– Para que enchufes tus tenacillas -lo dejó en el suelo de la tienda.
