– ¿De verdad? ¿Puedo rizarme el pelo?

– Al parecer, es algo esencial para ti.

Todavía tenía miedo, pero ya no estaba tan desesperada. Su estómago volvió a rugir y pensó que tal vez debía comer. Seguía sin tener respuestas, pero, por el momento, estaba bien.

Capítulo 3

Al tercer día ya habían entrado en rutina. A Victoria le resultaba fácil seguirla, ya que se trataba, básicamente, de que Kateb la ignoraba.

Cuando se detuvieron a comer, Victoria pensó que el desierto tenía una belleza única. Aceptó un cuenco de estofado del cocinero y le sonrió al darle las gracias. El aire era seco y eso era positivo para su pelo, aunque se moría de ganas de darse una ducha.

Se sentó en su lugar habitual, en la parte de atrás del campamento. En esa ocasión no tenía un precipicio detrás, sino un camión. A pesar de que nadie se paseaba con un rifle en la mano, ella sabía que los hombres vigilaban los alrededores. Kateb el que más.

Levantaba la vista al cielo, estudiaba el horizonte. Victoria estaba segura de que habría sido capaz de decirle si había un conejo o un zorro a ocho kilómetros de allí. O algo más peligroso.

Le gustaba cómo se comportaba con los otros hombres. Con respeto. Y ellos acudían a él porque era su líder.

Victoria volvió a mirar su cicatriz. ¿Qué le habría pasado? Quería preguntárselo, pero no hablaban mucho y no le parecía un buen tema para empezar una conversación. No quería estropear aquel momento de tregua entre ambos. La noche anterior, Kateb le había llevado una lámpara, para que pudiese leer si quería. Aquel acto no era precisamente el de un hombre salvaje.

Así que tal vez no fuese tan horrible ser su amante. Era inteligente y fuerte. Bromeaba con los otros hombres. A Victoria le gustaba oírlo reír, aunque nunca lo hiciese con ella.

Cuando termino de comer, llevó su cuenco a un cubo y lo lavó. Al incorporarse, se dio cuenta de que Kateb estaba a su lado. Se sobresaltó.



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