– ¿Y eso es todo? -le preguntó Alec en un tono sarcástico.

– Creo que sí -respondió ella, intentando no darse por aludida.

– ¿No necesitarían acceso a mi estudio privado? ¿O a mi cuarto de baño? -su tono de voz se hacía más y más estridente a cada momento-. O a lo mejor también tienen que echar un vistazo en…

– Podrías designar algunas áreas prohibidas -sugirió ella-. O incluso podrías quedarte en alguna de tus otras casas mientras dura el rodaje.

Los ojos de Alec se oscurecieron.

– ¿Y dejar que esos gamberros de Hollywood acampen a sus anchas en mi casa? -le dijo, blandiendo la espátula como si se tratara de un cuchillo.

– No es que sean muchos.

Era cierto que algunas estrellas tenían mala reputación, pero los productores de Hudson Pictures eran muy profesionales. Y Raine era su amiga. Ella nunca le habría llenado la casa de fiesteros empedernidos.

– Yo no he dicho que lo fueran.

– ¿Y entonces cuál es el problema?

– ¿Tienes idea de lo mucho que me cuesta conseguir algo de privacidad?

– Bueno, quizá si no… -Charlotte se detuvo de inmediato.

– ¿Sí? -dijo él, instándola a proseguir.

– Nada -Charlotte sacudió la cabeza. No tenía por qué insultarle. Las cosas ya iban bastante mal por sí solas.

– Insisto -dijo él, ladeando la cabeza y mirándola con gesto desafiante.

– Podríamos reflejar todos los requisitos de privacidad en el contrato -trató de distraerle-. No tendrías nada de qué preocuparte.

– Yo decido lo que me preocupa y lo que no. ¿Y qué era lo que ibas a decir antes?

Charlotte lo miró a los ojos y se dejó atravesar por su implacable mirada.

– Creo que se me ha olvidado.

El siguió esperando.

Ella trató de buscar una buena mentira, pero no fue capaz de encontrarla. La batalla estaba perdida, así que ya no tenía por qué aguantarle más.



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