
– A lo mejor las cosas serían distintas si no te esforzaras tanto en ser un atractivo objetivo para los paparazzi.
Alec se quedó en silencio unos segundos antes de decir:
– ¿Acaso sugieres que es culpa mía?
– No tienes por qué acudir a todas las fiestas de moda acompañado de supermodelos.
La mirada de Alec se volvió negra como el azabache.
– ¿Acaso crees que hablarían menos si fuera acompañado de una chica corriente? Al contrario, una chica cualquiera me garantizaría todas las portadas de las revistas del corazón.
Charlotte no pudo sino reconocer que tenía razón. Si lo veían con alguien diferente, alguien que no encajara en ese mundo, se le echarían encima como fieras.
Sin embargo, no había entendido lo que ella había querido decirle.
– Podrías dejar de ir a las fiestas.
– No voy a tantas como crees.
Charlotte estuvo a punto de echarse a reír con escepticismo.
El frunció el ceño.
– ¿A cuántas fuiste tú el mes pasado? ¿La semana pasada? ¿Has perdido la cuenta?
– Eso es diferente -dijo ella-. Yo estaba haciendo negocios.
Alec le dio otra vuelta a la cebolla y bajó el fuego.
– ¿Y qué crees que hago yo en las fiestas? -se lavó las manos mientras le daba tiempo para pensar la respuesta y entonces sacó una bolsa de tomates maduros.
Charlotte no sabía si se trataba de una pregunta trampa.
– ¿Bailar con supermodelos? -dijo finalmente, optando por lo más obvio.
– Cierro contratos de negocios.
– ¿Con las supermodelos?
Alec cortó un tomate en rodajas.
– ¿Preferirías que bailara con las citas de otros hombres?
– ¿Intentas decirme que te ves obligado a soportar las atenciones de las supermodelos con el fin de cerrar tratos de negocios?
– Lo que trato de decir es que me gusta conservar mi privacidad, y tú no deberías hacer juicios respecto a la forma de vida de otras personas.
