
– Alec, tú te dedicas a repartir tarjetas llave en la pista de baile.
El dejó de cortar y Charlotte se puso erguida, sin siquiera molestarse en ocultar la satisfacción que sentía.
– Me parece que ahí te he pillado.
– ¿En serio? -siguió cortando el tomate-. Bueno, a mí me parece que no vas a hacer una película en mi casa.
Capítulo 2
Alec había ganado la primera ronda, pero el combate no estaba perdido.
Las luces destellantes de las velas del jardín resaltaban los ángulos y contornos de su rostro robusto y la brisa de la tarde llevaba consigo el aroma a lavanda y a tomillo. Iban a cenar en la terraza y la suculenta cena que Alec había preparado humeaba frente a ellos encima de una mesa redonda de cristal.
«Segunda ronda», pensó Charlotte.
– Podrías ocultar todas las cosas personales -dijo ella de modo casual mientras se servía un poco de pastel de tomate-. Incluso podrías mantenerte aparte, ilocalizable. Dudo mucho que los miembros del equipo sepan que se trata de tu casa.
– Por favor -dijo él, quitándole el cucharón de plata de las manos-. Hay un enorme cartel encima de la puerta que dice Château Montcalm.
– Entiendo.
– Mi nombre está tallado en una piedra que tiene más de quinientos años.
– Pero no creo que seas el único Montcalm en toda la Provenza.
– Pero yo soy el único que sale en las portadas -dijo, sirviéndose dos raciones.
– Creo que sobreestimas tu fama.
– Y yo creo que tu sobreestimas tus poderes de persuasión.
– ¿Más vino? -preguntó ella, esbozando su mejor sonrisa, aquélla que tanto le gustaba al asesor de imagen de su abuelo.
Le llenó la copa.
– No funcionará, Charlotte -dijo él, observando cómo caía el fino líquido de color burdeos en la copa.
