– ¿Qué es lo que no funcionará?

– Yo nací en Maison Inouï.

Ella se hizo la inocente.

– ¿Crees que intento emborracharte?

– Creo que estás demasiado obsesionada con mi casa -puso a un lado la botella para verla mejor-. Hay muchas otras mansiones glamorosas por aquí.

Charlotte trató de guardar la profesionalidad.

– Pero la tuya es perfecta para la historia -le dijo con sinceridad, mirando a su alrededor-. La familia piensa que…

– Tú ni siquiera estás involucrada en el negocio.

Charlotte se irguió.

– Yo soy una de los Hudson -le dijo, luchando una vez más contra aquella vieja sensación de soledad.

Sus abuelos le habían dado una vida de ensueño, y si echaba de menos a su hermano Jack por las noches, era porque los habían separado cuando eran muy pequeños.

– ¿Charlotte?

La joven parpadeó.

– Hay muchas casas así en la Provenza -insistió Alec.

– El… Ellos quieren ésta.

– ¿Él?

– Los productores -se apresuró a añadir, para no mencionar expresamente a Jack.

– ¿Tienes algún problema con los productores?

– No.

Alec la miró en silencio. El viento empezó a soplar con más fuerza y los tallos de lavanda comenzaron a volar a su alrededor.

– ¿Qué? -preguntó ella finalmente, haciendo un esfuerzo por no flaquear.

El levantó su copa.

– Lo deseas con mucha fuerza.

Ella soltó el aliento.

– No sé por qué tiene que ser tan complicado. ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué podemos hacer para compensarte? ¿Cómo podemos convencerte para que renuncies a tu preciada privacidad durante seis semanas?

El bebió un sorbo de vino sin dejar de mirarla intensamente.

– Hay una cosa que quiero -le dijo, dejando la copa sobre la mesa y deslizando un dedo por el borde.

– No voy a acostarme contigo para conseguir el emplazamiento del rodaje.

Alec ladeó la cabeza y se echó a reír.



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