
– No te estoy pidiendo que te acuestes conmigo- Charlotte bebió un generoso sorbo de vino y trató de no sonrojarse.
– Bueno, bien. Eso es bueno.
El sonrió.
– Aunque no diría que no si tú… -empezó a decir.
– Cállate.
Alec obedeció y Charlotte siguió esperando a que le dijera qué quería.
– Bien. ¿De qué se trata?
– ¡Charlotte! -la voz de Raine llegó hasta ellos y un segundo más tarde la joven irrumpió en la terraza-. ¿Por qué no me dijiste que venías? -le preguntó, soltando el bolso y el equipaje en el suelo.
Llevaba un ceñido vestido negro con medias negras y sus vertiginosos tacones repiqueteaban sobre el porche de piedra.
– Fue un viaje repentino -respondió Charlotte, poniéndose en pie.
Alec hizo lo mismo.
– Pero yo pensaba que no regresabas hasta el martes -continuó Charlotte.
Había cometido un gran error hablando con Alec. Sin tan sólo hubiera esperado un par de horas…
– Hablé con Henri. El me dijo que estabas aquí.
Las jóvenes se dieron un efusivo abrazo y Raine se echó a reír.
– Bon soir, ma soeur-dijo Alec cuando por fin se separaron.
Raine levantó la vista y fingió haberse llevado una sorpresa.
– Alec, no te había visto.
El sacudió la cabeza y, sonriendo, le abrió los brazos.
Raine le dio un cariñoso abrazo y un beso en cada mejilla.
Mientras los observaba Charlotte sintió algo de envidia. Ella también habría querido llevarse tan bien con su propio hermano.
– Bueno… -dijo Raine, sentándose a la mesa-. ¿Qué vamos a cenar? -preguntó, oliendo los manjares. Levantó la botella de vino y, al ver la etiqueta, frunció el ceño-. Muy bien.
– Yo sé cómo ser un buen anfitrión, no como tú -dijo Alec.
– Ni siquiera sabía que venía -Raine inclinó la botella hasta ponerla boca abajo-. Está vacía.
Alec buscó otra botella mientras su hermana se servía un poco del pastel de tomate.
