– ¿Y de qué estábamos hablando? -preguntó, mirando a uno y a otro.

Alec empezó a taladrar el corcho de la botella con destreza.

– Charlotte quiere usar la casa como decorado para una película.

La joven se encogió al oír la brusquedad de sus palabras. Sin embargo, Raine pareció intrigada.

– ¿En serio?

Charlotte asintió.

– Eso es fantástico.

– Yo no había dicho todavía que sí -le advirtió Alec.

– ¿Y por qué no?

El corcho saltó de una vez.

– Porque nos interrumpiste.

– Pero ibas a hacerlo -dijo Raine.

– Estaba a punto de cerrar un trato… Iba a decir que sí…

Raine entrelazó las manos, expectante y contenta.

– … Siempre y cuando no puedan subir a la tercera planta ni entrar al ala sur.

– Hecho -dijo Charlotte, ofreciéndole la mano rápidamente.

– Y nadie entrará en el jardín de rosas -dijo Alec, prosiguiendo sin estrecharle la mano.

Ella asintió rigurosamente.

– Ni en ninguna de las otras edificaciones del exterior. Los tiros cesarán todas las noches a las diez, y mis empleados no son parte del equipo de producción. Además, tú te quedarás aquí y te asegurarás de hacer que se cumplan las condiciones.

– Desde lue… -Charlotte cerró la boca antes de terminar-. ¿Qué? -le preguntó al oír lo último que había dicho.

– No quiero que mis empleados tengan que hacer tareas que no les corresponden.

– No me refería a eso.

– Es perfecto -dijo Raine, agarrando a Charlotte del brazo con entusiasmo-. Podremos salir juntas como si volviéramos a estar en la universidad.

– No puedo trasladarme aquí -replicó Charlotte-. Tengo un trabajo en Monte Allegro. Mi abuelo me necesita. Hay una cumbre en Atenas el veinticinco de este mes.

Alec la atravesó con la mirada.

– ¿Entonces sí estás dispuesta a causarme molestias, pero no a causártelas a ti misma? -le preguntó él en un tono sarcástico.



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