
– Kana Hanako quiere un socio, no un play-boy.
– Es un trato de negocios -dijo Alec, bebiendo un poco de agua de la botella-. Sólo van a alquilar la mansión.
– ¿Y quién es la estrella?
– Isabella Hudson. No la conozco de nada.
Al oír el nombre, Kiefer se quedó boquiabierto.
– ¡Isabella Hudson!
– Es parte de la familia, ¿no?
– ¿Vas a tener a Isabella Hudson hospedada en tu casa? Dios mío, Alec. Incluso la prensa rosa japonesa hablará de tu romance con Isabella Hudson.
– Yo no tengo intención de acercarme a ella. No tendrán nada a lo que agarrarse, ni fotos ni nada.
Pero Kiefer ya no le estaba escuchando, sino que trataba de buscar una solución.
– Tendrás que quedarte en otro sitio.
– No.
– Márchate a Roma. Mucho mejor, vete a Tokio y así podrás trabajar en el prototipo con Akiko.
– No me necesitan en el taller de bicicletas.
– Tienes que salir de la Provenza.
Al subir una cuesta Alec aumentó el ritmo de la marcha, encauzando toda su frustración hacia la fuerza de los músculos.
– Me voy a quedar en mi casa -le dijo a Kiefer, acelerando.
– Entonces necesitamos una estrategia de despiste -propuso Kiefer, quedándose atrás.
– ¡A ver si te despistas con esto! -exclamó Alec, haciéndole un gesto descortés con la mano.
– Que la prensa no te pille haciendo eso -le dijo Kiefer, alcanzándolo-. ¿Por qué no te casas?
Alec miró al cielo.
– ¿Y no podrías por lo menos buscarte una novia? -continuó Kiefer-. No para siempre, sólo mientras Isabella esté por aquí. Una chica normal, corriente, que no te meta en líos.
Al oír las palabras de Kiefer, Alec se dio cuenta de que había perdido una gran oportunidad.
– Maldita sea.
