
– Pero ella es muy famosa. Y además es preciosa. La prensa se inventará sus propios titulares.
Charlotte por fin comprendió lo que estaba ocurriendo. Querían arrojarla a los lobos para salvaguardar la reputación de Alec.
«Como si hubiera algo que salvaguardar», pensó.
– ¿Esto es una broma?
– Por desgracia, Kiefer lo dice muy en serio -dijo Alec.
– El ha sido muy amable dejándote usar la casa -le recordó Kiefer.
– Bueno, te diré lo que pienso -dijo Charlotte en un tono cortante-. Si Alec deja en paz a Isabella, entonces no habrá necesidad de montar un numerito con la chica de turno.
– No tengo intención de molestar a Isabella -afirmó Alec, alzando la voz.
Charlotte lo miró fugazmente y se volvió hacia Kiefer.
– Problema resuelto.
– La prensa sensacionalista no se contenta con la verdad.
– Y por lo visto, tú tampoco -dijo Charlotte.
– ¿Ha pensado alguien en la reputación de Charlotte? -preguntó Raine.
– Charlotte ha pensado en ello -dijo Charlotte.
– El podría haberlo incluido en el contrato -le dijo Kiefer.
– Pero no lo hice -replicó Alec.
Charlotte se volvió hacia Alec una vez más.
– ¿Crees que es una buena idea? -le preguntó con incredulidad.
– Creo que es una idea -dijo él, eligiendo las palabras con sumo cuidado-. ¿Buena? No lo sé. Pero a lo mejor ayuda a aplacar las especulaciones.
– ¿Y desde cuándo te preocupa que especulen con tu vida privada?
Kiefer volvió a entrometerse.
– Desde que el presidente de Kana Hanako, nuestro socio japonés, mostró su preocupación.
– ¿Debería preocuparme por algo? -preguntó Raine, alerta.
Kiefer reparó en ella durante una fracción de segundo.
– No es para tanto.
– ¿Y entonces por qué estamos teniendo esta conversación? Charlotte no va a destruir su reputación dejándose ver con Alec…
– ¿Hola? -dijo Alec de repente.
