Raine levantó una mano, rechazando su objeción.

– Tú te lo has ganado a pulso, hermanito.

– Y no involucres a Isabella en esto -le aconsejó Charlotte.

– No tengo el menor interés en Isabella -los ojos de Alec se oscurecieron y la taladraron con una mirada-. ¿Puedo hablar contigo en privado?

– Todavía no se me ha secado el esmalte de uñas.

Raine y Kiefer se quedaron de piedra mientras Alec seguía mirándola en silencio. Era evidente que la gente no rechazaba las peticiones de Alec así como así.

– Entonces, más tarde -le dijo finalmente, y dio media vuelta con el rostro contraído por la tensión.


Alec tuvo que esperar un buen rato para poder hablar con ella. Raine y ella se fueron de compras a Toulouse y en cuestión de unas horas empezaron a llegar los primeros miembros del equipo de rodaje.

El diseñador de decorados, el manager de emplazamientos, el subdirector… y también los carpinteros, los encargados de atrezzo y los técnicos de iluminación.

La planta baja de la casa no tardó en convertirse en una zona de obras y, en más de una ocasión, Alec pensó en marcharse de la mansión mientras durara el rodaje.

Pero entonces veía a Charlotte, y cuanto más la veía, más decidido estaba a seducirla y conquistarla.

Una de esas veces la encontró sola, apoyada sobre el pasamanos del pasillo del tercer piso, mirando hacia el recibidor, donde estaban poniendo vías para las cámaras.

– Bonjour-le dijo, apoyándose junto a ella.

Ella lo miró un instante, y entonces miró hacia la puerta de entrada y también a ambos lados.

– Sin fotógrafos -le aseguró él.

– No me fío de Kiefer -respondió ella.

– Te pido disculpas -le dijo Alec-. No debería haberle dejado que te hiciera esa petición.

– ¿Que finja ser tu novia?

Alec asintió, aunque lo único de lo que realmente se arrepentía era de no haberla convencido para que aceptara.



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