– Te prometo que no saldrá de entre los arbustos con una cámara.

– ¿Y cómo sé que puedo fiarme de ti?

Una pieza del equipo se cayó estrepitosamente en el recibidor y entonces se oyeron varios gritos.

– ¿Y cómo sé yo que no destruirás mi casa? Creo que los dos tenemos que hacer un acto de fe.

Charlotte se volvió y Alec reparó una vez más en su extraordinaria belleza. Sus ojos azules destellaban a la luz del sol y sus labios, tan rojos como la pasión, esbozaban una sonrisa seca.

– Tú puedes reconstruir la mansión.

– Las losetas del suelo tienen más de trescientos años.

Charlotte bajó la vista.

– Entonces imagino que será indestructible -le dijo en un tono provocador. Alec no pudo evitar la carcajada.

– No voy a dañar tu reputación -le prometió. Ella asintió con la cabeza.

– Gracias.

En ese momento saltó el flash de una cámara. Alec la agarró de la mano rápidamente y la hizo entrar en la habitación que estaba detrás de ellos, cerrando la puerta tras ella.

– Sólo son algunas tomas de referencia para enviar al equipo de Hollywood -le dijo ella, sonriendo-. Pero gracias por el esfuerzo.

– No quería romper mi palabra a los dos minutos de haberme comprometido.

Sus manos seguían entrelazadas y aún estaban junto a la puerta de roble de la biblioteca de la tercera planta. Las estanterías estaban llenas de volúmenes encuadernados en cuero y unas gruesas cortinas de terciopelo verde con ribetes dorados adornaban ambos lados de las ventanas, por las que se filtraban los tenues rayos del sol.

La habitación, parcialmente en penumbra, era fresca, silenciosa y apacible.

Alec sentía la suavidad de su mano, la delicada piel de la palma, que sugería la textura de otras zonas de su cuerpo…

– ¿Alec?

Con la vista fija en sus carnosos labios, él le tiró de la mano v la hizo acercarse a él.

– No me digas que no sientes curiosidad.



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