
– Es que me gusta planear bien las cosas.
– Ya veo.
Los dos se miraron en silencio.
– ¡Oh, Dios! -exclamó Charlotte, sucumbiendo a sus impulsos. Cerró los ojos y se acercó aún más.
Pero Alec ya no podía esperar más. Entreabrió la boca y tomó sus labios calientes con fervor.
Su sabor, su aroma, el tacto de su boca… Una explosión de placer sacudió las entrañas de Alec. Ella lo dejaba obnubilado con sólo acercarse un poco.
El beso se volvió más intenso y Alec la acorraló contra la puerta de la habitación, apretándose contra ella. Le puso las manos sobre las mejillas y la acarició mientras exploraba todos los rincones de su boca. Gimiendo de placer, ella abrió más la boca y puso los brazos alrededor de su cintura.
El le metió un muslo entre las piernas y le subió un poco la minifalda al tiempo que se rozaba contra el suave tejido de sus pantys.
Su cuerpo estaba caliente, tenso, tieso… El ruido ensordecedor de una locomotora rugía en sus oídos y el mundo se había contraído a su alrededor. Sólo quedaban ellos dos.
– ¿Charlotte? -dijo una voz desde lejos.
Raine.
Alec soltó un gruñido de frustración y se apartó de ella, sabiendo que sólo disponían de unos segundos antes de que su hermana intentara abrir la puerta.
– ¿Charlotte?
– Déjame -susurró Charlotte.
Alec dio un paso atrás y trató de calmar su agitada respiración.
– ¿Te encuentras bien? -le preguntó a ella.
– Sí-Charlotte se alisó la falda y la blusa mientras él le arreglaba el peinado con la mano.
El picaporte tembló y Charlotte se sobresaltó.
– ¿Por qué estamos aquí? -susurró. Alec abrió la puerta.
– Raine -dijo, advirtiendo el interrogante que dominaba la expresión de su hermana-. Me alegro de que seas tú. Hay un fotógrafo abajo y Charlotte se asustó -le guiñó un ojo a Charlotte-. Le dije que no tenía nada de qué preocuparse. ¿Has visto a alguien con una cámara merodeando por aquí?
