
Raine miró a su amiga y después a su hermano.
– No.
– Bien -dijo él en un tono entusiasta-. Estaré en mi despacho. Kiefer viene dentro de una hora. Si ves a Henri, dile que lo mande arriba directamente -dijo y abandonó la habitación.
Sin embargo, tras avanzar unos cuantos pasos, tuvo que apoyarse contra la pared del pasillo para recuperar el equilibrio.
«Sólo ha sido un beso. Nada más que un beso», se recordó.
– Entiendo que estés paranoica -comentó Raine cuando se fue su hermano.
– ¿Mmm? -dijo Charlotte, que todavía no había recuperado el habla. Aún sentía un intenso cosquilleo en la piel y las piernas le temblaban como si fueran de gelatina.
– Kiefer puede llegar a ser muy malo.
– Sí -dijo Charlotte.
– Le bastaría con una inocente instantánea en la que mantuvierais una simple conversación y ya tendría bastante para montarse su propia película. ¿Quieres que hable con él? -Raine hizo una pausa-. ¿Charlotte?
– ¿Qué?
– ¿Quieres que hable con Kiefer? O quizá lo mejor sea que te mantengas alejada de Alec. Por si acaso.
Charlotte respiró hondo y trató de recuperar el sentido común.
– Sí. Buena idea.
Mantenerse lejos de Alec era mucho mejor que la otra alternativa: llevárselo a la cama y perder la razón con sus besos.
– ¿Mademoiselle Charlotte? -dijo una voz desde el pasillo.
Era Henri.
Raine se volvió hacia la puerta.
– ¿Sí, Henri?
– Ha llegado un tal Jack Hudson.
– ¿Jack está aquí? -las palabras saltaron de la boca de Charlotte al tiempo que un nudo se le hacía en el estómago. Quería mucho a su hermano mayor, pero él podía llegar a ser muy complicado algunas veces.
En ese momento no pudo evitar recordar el efusivo abrazo que Alec y Raine se habían dado un rato antes. Ella llevaba más de veinte años sin abrazar a su propio hermano, pero aún recordaba muy bien la última vez.
