
Había sido en el aeropuerto, cuando tenía cuatro años, después de la muerte de su madre. Aquel día la habían arrancado de los brazos de su hermano y su padre se había desembarazado de ella sin más.
Pero hacía mucho tiempo de aquello y la próxima vez que habían vuelto a verse, ya eran unos extraños el uno para el otro.
Jack había dejado de ser el hermano fuerte y protector con el que ella soñaba en la niñez y, poco a poco, se habían distanciado.
Charlotte se puso erguida y se dirigió al pasillo. Después del primer saludo, las cosas se volvían más fáciles.
Raine fue tras ella.
– ¿Te encuentras bien?
– Sí -dijo Charlotte.
– Estás pálida… Todo va a salir bien -añadió Raine, que intentaba consolarla. Ella sabía lo mucho que su amiga deseaba impresionar a los Hudson-. Incluso Lars Hinckleman parece contento.
Charlotte no pudo evitar sonreír. Todos sabían que el subdirector era muy temperamental.
– ¡He dicho dramático! ¡No patético! -gritó Lars desde abajo.
– Me temo que he hablado muy deprisa -dijo Raine al tiempo que Charlotte apretaba el paso rumbo a las escalinatas.
Tan corpulento e imponente como siempre, Hinckleman movía los brazos de un lado a otro. Tenía un puro sin encender en la boca y sus oscuros rizos le caían sobre la frente.
– Es un Stix, Baer & Fuller auténtico -se atrevió a decir la asistente de vestuario.
Todos los miembros del equipo se callaron de repente y contuvieron la respiración, incluida Charlotte. Lars sólo llevaba tres días en la casa, pero era difícil ignorar su autoridad militar.
El subdirector se inclinó hacia la asistente de vestuario y entornó los ojos.
– Lillian Hudson no llevará un nido de pájaros en la cabeza.
– Entonces era Lillian Colbert.
El rostro de Lars se volvió del color de las uvas negras.
– Ya encontraremos otra cosa -dijo la diseñadora de vestuario rápidamente. Agarró del brazo a la joven asistente y se la llevó de allí a toda prisa.
