
– ¿Charlotte?
Ella fingió haberse acordado en ese preciso momento.
– Intentó darme la llave de su habitación -le dijo con el ceño fruncido y el gesto serio.
– Y tú la aceptaste.
– No sabía lo que era.
Entonces sólo tenía veintidós años. No era más que una novata en el mundo de la diplomacia, una presa fácil para un tipo como Alec Montcalm.
El se echó a reír y Charlotte lo fulminó con la mirada.
– Esa noche estabas preciosa -dijo él, mirándola de arriba abajo.
Charlotte no pudo ocultar lo insultada que se sentía.
– Tenía veintidós años.
El se encogió de hombros.
– No tenías por qué tomar la llave.
– Estaba confusa.
En realidad le había llevado algunos segundos darse cuenta de que la tarjeta que le había entregado era la llave de su habitación.
– Creo que te sentiste tentada.
La prudencia le decía que guardara silencio, pero sus sentimientos la instaban a hacer lo contrario.
– Te había conocido dos minutos antes.
Otras mujeres podrían haberse sentido tentadas por un aristócrata elegante y seductor al que el dinero le salía por las orejas, pero ella nunca había estado interesada en mantener una aventura.
– Yo llevaba mucho más de dos minutos observándote.
Se acercó un poco más.
– Eras atractiva, parecías inteligente e interesante y, además, por cómo hacías reír a todos esos hombres, supe que tenías sentido del humor.
– ¿Y a ti te pareció divertido darme la llave de tu habitación?
Aquellos ojos de color miel que la atravesaban de un lado a otro se volvieron del color del chocolate.
– En absoluto. El baile casi tocaba a su fin. Quería conocerte mejor.
Charlotte se quedó estupefacta. Por muy joven e inocente que fuera, jamás habría desprestigiado a su abuelo ni a la embajada marchándose con un desconocido aquel día. Y mucho menos tratándose de Alec Montcalm, el soltero con peor reputación de toda Francia.
