– Tu hermana resultó muy convincente.

Jack le sonrió a su hermana.

– Teníamos la esperanza de que la amistad entre Raine y ella fuera de ayuda.

Aunque nadie lo notara, Alec se había puesto tenso de repente.

– Sí. Bueno, espero que quedéis satisfechos con los resultados.

– También necesitaremos encontrar alojamiento para los VIPs y las estrellas. ¿Alguna sugerencia? -preguntó Jack.

– Puedo hacer un par de llamadas.

– No quiero causarte molestias.

– No es ninguna molestia -dijo Alec-. ¿Charlotte? -bajó la vista. La palma de su mano se calentaba sobre la espalda de ella-. A lo mejor podrías ayudarme.

Charlotte se preparó para lo que se le venía encima. ¿Pasar más tiempo con Alec? Eso era lo último que necesitaba.

Su mente gritaba que no y su corazón decía que sí, pero el empate no tardó en romperse.

Alec se despidió sin perder tiempo y la condujo al exterior.

– Pensaba que íbamos a hacer un par de llamadas -le dijo, yendo tras él rumbo al garaje.

– He traído el móvil.

– ¿Adonde vamos? -preguntó ella.

Alec apretó el botón de un pequeño mando a distancia y una de las puertas del garaje se abrió suavemente, dejando al descubierto un flamante deportivo de color cobre.

– Muy bonito -dijo Charlotte, admirando la tapicería de cuero negro.

– Gracias -abrió la puerta del acompañante y la ayudó a subir.

– ¿Adonde vamos? -repitió Charlotte, pensando que era un alivio escapar por un rato de toda aquella vorágine, y también de la presión que suponía conseguir la aprobación de los Hudson.

Alec sonrió y señaló el cielo.

– ¿En un día como éste? ¿En el sur de Francia en un Lamborghini Murciélago? ¿A quién le importa?

Charlotte no pudo sino reconocer que tenía razón. Se encogió de hombros y dio la batalla por perdida. El mullido asiento la envolvía como un guante.

Precedido de su aroma embriagador. Alec se inclinó sobre ella, le puso el cinturón de seguridad, cerró la puerta y rodeó el capó. Se quitó la chaqueta y la corbata, se remangó la camisa y subió al vehículo.



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