
– ¿Tiene todo lo que necesita, señor? -dijo Henri, que había aparecido de repente para llevarse la chaqueta.
Alec asintió y se puso unas gafas de sol.
– ¿Estás lista?
– No tengo el bolso.
– ¿Señor? -preguntó Henri.
– No lo va a necesitar -dijo Alec, arrancando el coche. El poderoso rugido del motor lo devolvió a la vida, haciendo vibrar los asientos.
Alec puso la primera y salió suavemente del garaje. Fuera se encontraron con varios camiones que contenían el material de rodaje, una sala de vestuario y también una cocina industrial completa.
– Pensé que querrías alejarte de todo este circo durante un rato -le dijo Alec, ganando velocidad por el camino pavimentado.
– Ese Lars me pone nerviosa.
– No sé por qué lo aguanta la gente.
– Supongo que está al mando de momento.
Tenían previsto rodar algunas escenas antes de que llegaran las estrellas y el director.
El coche se detuvo suavemente al final del camino y Alec giró en dirección a Castres.
– Pero estar al mando no le da derecho a ser un imbécil.
– Así es. No le da derecho -dijo Charlotte-. Pero sí le da un motivo para serlo.
– Nunca hay motivos para el abuso de poder -replicó Alec, aumentando las marchas y ganando velocidad a medida que la carretera se hacía más recta.
Charlotte le observó con disimulo un momento.
– ¿Qué? -le preguntó él.
– Tú tienes poder -dijo ella, preguntándose cómo sería él con sus empleados. Unos días antes había insistido mucho en que el rodaje no les supusiera más trabajo adicional.
– De momento -Alec le guiñó un ojo y cambió de marcha para cambiarse al carril contrario y adelantar a un camión-. Y también tengo velocidad.
El deportivo se adhería a la carretera como el pegamento, acelerando sin esfuerzo y adelantando a varios vehículos a la vez.
