Charlotte asió con fuerza la manivela de la puerta.

– ¿Nerviosa?

– No exactamente.

Había algo en Alec que despedía confianza al volante y Charlotte se fiaba de él. Sabía que nunca rebasaría su propio límite ni tampoco el del coche.

– Nunca te haría daño -le dijo él en un tono serio-. El poder implica responsabilidad -añadió, volviendo al carril derecho-. Y yo nací con ambas cosas.

Puso el intermitente y abandonó la vía principal, adentrándose en una bonita calle. Los comercios se sucedían uno tras otro a lo largo de un bulevar arbolado.

– ¿Aquí? -preguntó ella al ver que se detenían frente a una inmobiliaria.

Durante un buen rato había llegado a creer que se dirigían a un hotel discreto para pasar una sórdida tarde de pasión en la cama.

Pero no. Alec Montcalm siempre lograba sorprenderla.

– Mi amigo Reinaldo nos dirá qué se alquila por aquí.

– Oh -Charlotte se sintió como una idiota-. Una agencia inmobiliaria.

Una llama de complicidad se encendió en las pupilas de Alec.

– ¿Y qué esperabas?

– Esto -dijo ella rápidamente, asintiendo con la cabeza.

El sonrió de oreja a oreja y Charlotte creyó que moriría consumida por la incandescente rojez que le abrasaba las mejillas.

Capítulo 4

Alec quería acostarse con Charlotte y ese deseo ya empezaba a convertirse en una obsesión. El beso que le había dado esa mañana le había dejado claro que juntos serían pura dinamita y la turbulenta mirada de ella no dejaba lugar a dudas: también lo había sentido.

Estaban solos. Tenían varias horas por delante para hacer lo que quisieran y en la ciudad había muchos lugares maravillosos en los que hacer el amor. Lo tenían todo.

Pero algo le impedía actuar y Alec no tenía ni idea de lo que era. Los hombres como él podían meter a una mujer en la cama en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, la mayoría de las veces no era él, sino su dinero, el que obraba el milagro.



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