A lo mejor se estaba haciendo viejo. O quizá sólo quería fingir que las cosas eran distintas con Charlotte, a diferencia de las demás mujeres que había conocido, que había algo más que sexo por su parte y manipulación por la de ella.

No obstante, eso no tenía mucho sentido. Apenas la conocía y, probablemente, ella sería tan susceptible a sus millones como cualquier otra mujer. Que fuera la amiga de Raine, inteligente, lista y vulnerable, no la hacía especial.

En lugar de llevársela al primer hotel que encontrara, se dirigió hacia la primera casa que se alquilaba, un viejo molino convertido situado junto a un río y rodeado de varias hectáreas de terreno.

– Maravilloso -dijo Charlotte, echando atrás la cabeza para contemplar el alto puntal del salón principal.

Una escalera de madera pulida conducía al descansillo del segundo piso. Las paredes de madera brillaban y los muebles parecían grandes y cómodos.

– ¿No crees que es demasiado pequeña? -le preguntó Alec.

– Es encantadora -afirmó Charlotte, pasando por debajo de la escalera hasta llegar a la puerta arqueada que conducía a la cocina.

Las cacerolas, esmaltadas y brillantes, colgaban del techo ordenadamente y un enorme fregadero blanco ocupaba la mayor parte de la en-cimera, bajo una ventana con vistas al agua. Las estanterías eran antiguas y las losetas del suelo estaban un poco gastadas.

Alec deslizó la punta del dedo por la mesa en busca de polvo.

– Estamos hablando de estrellas de cine y peces gordos.

Charlotte frunció el ceño.

– Yo me quedaría aquí -dijo, yendo hacia el fregadero.

El fue tras ella.

– ¿Sí? Bueno, evidentemente, no eres muy exigente.

Charlotte se volvió de repente y se encontró a sólo un centímetro de él, atrapada contra el fregadero.



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