– ¿Y qué te hace pensar eso?

El levantó el dedo para enseñarle las motas de polvo y se las quitó con el pulgar.

– Nada que no quite una buena bayeta -dijo ella.

– A mí me parece que las estrellas de cine no limpian suelos -le dijo Alec, intentando mantener un tono ligero.

– Claro que no los limpian. Tienen gente que lo hace para ellos. Pero tú lo sabes muy bien, ¿no es así?

– ¿Tienes algún problema con mi dinero? -le preguntó al oír su tono sarcástico.

Ella hizo una pausa.

– Me gusta tu coche.

– Tienes buen gusto.

– ¿Te gusta ir deprisa?

Alec digirió la pregunta y entonces vaciló un instante.

– Me gusta ir deprisa -respondió con tranquilidad.

Se miraron en silencio durante unos segundos. El río seguía su curso al otro lado de la ventana y un ruiseñor les ofrecía su canto desde la rama de un árbol cercano.

Silencio y quietud dominaban la casa rural, que parecía contener la respiración para ellos.

– Yo pensaba que el beso había servido para librarnos de esto -dijo ella por fin.

– Me parece que no.

Transcurrió otro minuto.

– ¿No deberías estar haciendo algo? -preguntó Charlotte.

– ¿Como qué?

– No lo sé. Algo decisivo en un sentido o en otro.

El sonrió.

– Lo pensé, pero entonces decidí que era mejor dejarte dar el primer paso.

– ¿Y si no lo hago? -le preguntó ella, cambiando de postura.

Alec se encogió de hombros.

– Entonces supongo que será como un concurso de miradas. A ver quién parpadea primero.

– ¿Y crees que eso sería divertido?

– Creo que sería fascinante.

– En ese caso -Charlotte se hizo a un lado y echó a andar por la cocina-, creo que puedo aguantar más que tú.

– ¿Eso crees? -preguntó Alec.

Ella le lanzó una mirada ardiente y sensual.

– Creo que ya lo averiguaremos. ¿Dónde está la otra casa?



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