– Rué du Blanc. En lo alto de la colina.

Era una villa de piedra con doce habitaciones y una piscina situada junto a un bosque de olivos. A Charlotte le gustó mucho. La cocina era moderna y estaba limpia y había suficiente espacio para la comitiva de estrellas.

La última parada fue en un castillo de piedra blanca, vigas labradas al descubierto, un vasto salón de gala y siete dormitorios con enormes camas de matrimonio. Al final del camino de tierra que llevaba hasta la edificación había una glorieta ocupada por una fuente decorativa frente a la que se extendían varias hectáreas del césped más verde.

La decoración era provincial francesa y las enormes habitaciones contenían valiosas antigüedades.

– Espero que no les gusten las fiestas -dijo Alec, mirando la piscina de la parte de atrás. Detrás había un extraordinario laberinto de arbustos, cuidado hasta el más mínimo detalle. Toda una obra de arte.

Más de uno podía perderse en ese laberinto después de tomarse unas cuantas copas.

– Muy bien, ahora sí que me da envidia tu dinero -dijo Charlotte, volviendo al flamante recibidor de la entrada, cubierto de alfombras ancestrales e iluminado con ventanas octogonales. Me encantaría darme un capricho como éste.

– ¿Tanto te gusta? -preguntó Alec.

Ella asintió.

– Me lo compraría.

– La cocina es un poco pequeña.

– Pero yo la reformaría.

Alec se echó a reír.

– ¿Te atreverías a echar abajo una pared de piedra?

Charlotte abrió las puertas dobles que conducían al salón principal.

– Es una fantasía -dijo ella, admirando los muebles, los retratos en óleo y el impresionante escritorio-. Creo que puedo reformarla a mi gusto.

En un extremo de la habitación había un balcón que daba a una charca de patos. Charlotte salió al exterior y se apoyó en la barandilla.

– Si viviera aquí podría ponerles nombres a los patos.

– Podrías -dijo Alec, parándose a su lado-. Pero no sé si serías capaz de diferenciarlos.



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