
– Me compraría un perro y pondría un columpio para los niños.
– ¿Niños?
– Claro. No usaría los siete dormitorios -una expresión distante y soñadora se apoderó de su rostro.
– Bueno, ¿y qué pasa contigo y con Jack?
Charlotte mantuvo la vista al frente.
– ¿Qué quieres decir?
Alec había visto la expresión de su cara en compañía de su hermano, cómo se había comportado delante de él. Era evidente que había una gran distancia entre ellos.
– Bueno, me pareció que había un poco de tensión…
– No sé de qué me hablas.
– ¿Estás enfadada con él?
– ¿Y por qué debería estar enfadada con él?
– No sé. Fue…
– Apenas lo conozco.
Alec contempló su perfil un instante.
– Es tu hermano.
– Pero no crecimos juntos.
Alec había oído hablar de ello a su hermana.
– ¿Qué pasó?
Charlotte quitó un rastro de arena de la barandilla con la mano y después rascó un grieta con la uña del pulgar.
– Cuando tenía cuatro años, mi madre murió. Jack se quedó con los abuelos Hudson y yo me fui con los Cassettes.
De repente Alec sintió pena por ella. Sus padres habían muerto cuando él tenía poco más de veinte años y la pérdida había sido un golpe muy duro para él. Sin embargo, siempre había tenido a Raine a su lado.
– ¿Y nunca preguntaste por qué?
– ¿Preguntarle a Jack?
– A tu padre.
Ella sacudió la cabeza.
– David Hudson y yo no hablamos muy a menudo.
Alec puso su mano sobre la de ella.
– Entiendo -le dijo.
Charlotte se encogió de hombros.
– A mí me parece que yo no le importaba demasiado.
– Y te hizo mucho daño.
Charlotte se desenredó el cabello con los dedos.
– Es que… algunas veces… -se detuvo y sacudió la cabeza.
– Dime -insistió. Ella se volvió hacia él.
