
– Quisiera que fuéramos como Raine y tú. Os abrazáis, os gastáis bromas… -agitó las manos en un gesto de confusión.
– Eso es porque llevamos muchos años juntos y sabemos exactamente qué teclas apretar.
– A lo mejor ése es el motivo por el que le gastas bromas, pero no es la razón por la que la abrazas.
De repente Charlotte pareció tan vulnerable y confusa que Alec ya no pudo contenerse más. La estrechó entre sus brazos y le apoyó la cabeza sobre su hombro mientras le desenredaba el cabello con las manos.
– Ten paciencia. Las relaciones son complicadas.
– Tengo veinticinco años -dijo ella-. Y vivimos en continentes distintos.
– Algunas son más complicadas que otras. Ella se estremeció bajo sus manos.
– Oye… -le dijo él, acariciándole la espalda con la palma de la mano.
Era difícil mantener el rumbo estando tan cerca de ella. Su aroma a primavera, el vivido recuerdo de su sabor…
Ella se apartó y Alec se sorprendió al ver que no estaba llorando, sino riendo.
– ¿Qué tiene tanta gracia?
– Supongo que Jack y yo estamos en el lado más complicado.
Alec la miró fijamente. Sus ojos refulgentes, sus mejillas encendidas y su cabello alborotado parecían rogarle que la besara con frenesí.
– No -sacudió la cabeza-. Tú y yo sí que estamos en el lado más complicado -le dijo y se inclinó para besar sus labios tentadores.
En cuanto los labios de Alec tocaron los suyos, Charlotte supo cómo lo hacía. Por fin comprendió por qué cientos de mujeres caían rendidas a sus pies y estaban dispuestas a meterse en su cama a toda costa, incluso a expensas de su propia reputación.
Alec Montcalm no sólo era espectacular y sexy; no era sólo un tipo rico que las invitaba a cenas de lujo por todo el planeta. Alec Montcalm era… magia.
Estaba en sus ojos, en el tacto de sus manos y en su voz, que la hacía sentir como si fuera la única persona sobre la faz de la Tierra.
