
Charlotte le rodeó el cuello con ambos brazos y ladeó la cabeza para besarle mejor. Los labios de Alec se entreabrieron y ella le invitó a seguir adelante. Apretó los pechos contra su fornido pectoral y entonces empezó a sentir un cosquilleo en los pezones que se extendía por sus venas como la pólvora.
– Charlotte… -dijo él en un susurro, besándola cada vez con más pasión y acorralándola contra la barandilla.
Le puso las manos sobre las mejillas y empezó a acariciarla con fervor. Sus cuerpos parecían pegados por una fuerza sobrenatural y los labios de él ya empezaban a perder el rumbo. Primero, sus mejillas de crema, después la frente, los párpados, el lóbulo de la oreja, la curva de su cuello…
Charlotte contuvo la respiración.
De repente ambos sintieron un calor asfixiante. Una fina capa de sudor iluminaba la tez de Charlotte y ella sólo podía pensar en arrancarse la ropa del cuerpo.
Pero entonces Alec la levantó en el aire y se dio la vuelta.
– Tenemos que parar -le susurró al oído.
Charlotte, que no sabía muy bien por qué, continuó besándolo con pasión.
– Aquí no -añadió él.
«Por supuesto. Aquí no», pensó Charlotte, volviendo a la realidad.
Estaban en una casa extraña.
¿En qué estaba pensando?
Dejaron de besarse y ella escondió el rostro contra el hombro de Alec. Su piel ardía bajo la camisa de algodón, que estaba empapada.
– Lo siento -dijo ella con la voz entrecortada.
– Pues yo no.
– No podemos seguir haciendo esto -le dijo a modo de advertencia tanto para él como para sí misma. Si seguían así, iban a terminar haciendo el amor en cualquier sitio.
– Podemos -objetó él-. Pero más tarde o más temprano nos quemaremos.
– Las revistas -dijo ella.
– Estaba pensando en tu hermano -dijo Alec, sin dejar de abrazarla en el aire-. Pero, sí, las revistas también.
– Jack es sólo uno -dijo Charlotte, sin saber muy bien lo que quería decir.
