– ¿Me estás diciendo que podemos ser más listos que él?

– Estoy diciendo que no puede estar en todas partes -Charlotte hizo una pausa-. Pero la prensa sí.

– Y entonces, ¿qué hacemos? -preguntó él.

– ¿Por qué no me sueltas?

El la fue soltando lentamente y le dejó apoyar los pies sobre el suelo poco a poco.

– Maldita sea -murmuró Alec.

Una onda de pasión reverberó por todo el cuerpo de Charlotte y sus labios repitieron las palabras de Alec. Se apartó de él y rió suavemente.

– Sí que tienes mucho éxito con las mujeres, Alec -le dijo, contemplando los campos que se extendían ante ella mas allá de la laguna de los patos y el huerto.

El guardó silencio un momento.

– No con todas.

– Tenemos que volver -dijo ella.

– Claro.

Ella echó a andar hacia el interior de la casa y Alec fue detrás, cerrando la puerta tras de sí.

En el viaje de vuelta, Charlotte apoyó la cabeza a un lado y cerró los ojos, dejando que el viento le acariciara los sentidos mientras Alec la llevaba de vuelta al maremágnum de Château Montcalm a toda velocidad.


El mundo de Alec se había vuelto loco en un abrir y cerrar de ojos. Había esperado algunas molestias e incomodidades, pero en ningún momento había previsto el caos que reinaba en la mansión. Había cinco enormes camiones con remolques aparcados en la entrada principal, unos cien miembros del equipo de rodaje, varias docenas de extras, un subdirector cascarrabias y dos estrellas quisquillosas.

Y lo peor de todo era que Charlotte había desaparecido. Raine se la había robado poco después de llegar del paseo alegando que la había monopolizado demasiado.

¿Era mucho pedir pasar unos minutos a solas con ella? A él no le importaba que pasara tiempo con su amiga en el spa y en las canchas de tenis, pero también quería tenerla un rato para él y, aunque desayunaran y cenaran juntos, Raine siempre estaba ahí, por no mencionar a Kiefer, a Jack y hasta al mismísimo Lars Hinckleman.



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