
– ¿Ni siquiera se te pasó por la cabeza invitarme a un café?
– No soy un hombre paciente… -hizo una pausa.
Charlotte tuvo tiempo de fijarse en el frunce desafiante de sus labios, y también en el gesto implacable de su aristocrática mandíbula.
– A veces el método más directo es el más efectivo.
– ¿Me estás diciendo que lo de la llave de la habitación suele funcionar? -preguntó Charlotte, sabiendo que en realidad no debía sorprenderse tanto.
Charlotte sabía que había miles de mujeres dispuestas a todo por meterse en la cama de Alec Montcalm, pero ella no era una de ellas. Y nunca lo sería.
La sonrisa aviesa de Alec confirmó sus peores sospechas. Sin embargo, en un par de segundos pareció cansarse de todo ese juego. Se puso erguido y su expresión se volvió más formal y protocolaria.
– En ausencia de mi hermana, ¿qué puedo hacer por ti, señorita Hudson?
Charlotte recordó enseguida el motivo de su visita.
– ¿Cuándo regresa Raine? -le preguntó.
Había cometido un gran error discutiendo con él. Tenía claro que no podía volver a dejarse llevar por sus emociones delante de un tipo como él.
– El martes por la mañana. Tuvo que asistir a una sesión de fotos en Malta para Interët.
Charlotte sabía que ésa era la revista de moda de la corporación Montcalm y Raine era su editora jefe.
Pero el martes era demasiado tarde. Jack necesitaba saber ese fin de semana si podía mandar al encargado de localizaciones de rodaje a Château Montcalm. La preparación de decorados debía empezar al final del verano, y ya iban con retraso.
Charlotte pensó que podía volar a Malta para hablar con Raine, pero también sabía que la revista no estaría dispuesta a prescindir de su editora jefe a menos que hubiera un problema. Además, tampoco quería molestar a su amiga en un momento de ajetreo.
Y eso sólo le dejaba una alternativa llamada Alec Montcalm.
