
De repente se oyó otro terrible estruendo en el patio frontal.
Y después, los gritos y los alaridos de Lars. Alec se levantó, cruzó la habitación y cerró la ventana de su despacho.
Respiró aliviado y volvió a sentarse frente a su escritorio, dispuesto a revisar la estrategia de mercado que Kana Hanako proponía de cara al Tour de Francia.
Hasta ese momento, ninguna revista del corazón había establecido un vínculo entre Alec e Isabella, aunque ella ya llevaba dos días en la Provenza. Ridley Sinclair y ella habían escogido la villa moderna con el bosque de olivos como residencia temporal y la compartían con otros miembros del equipo.
El rugido de un motor taladró las sienes de Alec hasta sacudir los cimientos de la mansión.
Alec tiró el bolígrafo, se puso en pie y fue hacia la entrada principal a toda prisa, sorteando toda clase de obstáculos cinematográficos por el camino.
Una enorme grúa acababa de detenerse frente a la rotonda del camino de tierra que llevaba a la mansión. Los inmensos brazos hidráulicos chirriaban al golpear el suelo y así estabilizaba la máquina.
– ¿Qué demonios…? -exclamó Alec.
– Es para una toma aérea de la escena del balcón -le dijo un miembro del equipo.
Justo en ese momento la grúa se movió y uno de los brazos horadó el cemento haciendo un ruido ensordecedor. La tierra tembló bajo sus pies.
Algunas personas gritaron, pero sus chillidos terminaron en una risa nerviosa cuando se dieron cuenta de que no pasaba nada.
Sin embargo, Alec no se reía.
– ¿Dónde está Charlotte? -gritó enfurecido.
Ese era su trabajo. Ella le había prometido que no causarían daños en su casa.
Los que estaban más cerca se volvieron hacia él.
– Quiero hablar con Charlotte Hudson.
Uno de los miembros del equipo habló por el walkie-talkie.
– ¿Alec?
