
Era Raine.
Al darse la vuelta se encontró con las dos. Llevaban las compras en las manos y llamativos sombreros en la cabeza, por no hablar del ligero bronceado que lucían.
– ¿Dónde demonios estabais? -les preguntó, fulminando a Charlotte con la mirada.
Ella abrió los ojos y también la boca, pero las palabras no salieron.
– Este era tu trabajo -gritó, gesticulando a su alrededor-. Preferiría sufrir un terremoto. Los cimientos de la casa empiezan a sacudirse y el camino está hecho una ruina. Y ni siquiera consigo oír mis propios pensamientos.
– Yo…
– ¡Quiero esa grúa fuera de aquí! -gritó, furioso-. Y la quiero fuera ahora -vio a Jack por el rabillo del ojo.
– Y basta de visitas turísticas, sesiones de spa y compras compulsivas. No voy a tolerar tanto ruido y destrucción yo solo -le dijo, fuera de sí.
– Necesitan hacer esa toma -intentó decir Charlotte, que se había puesto pálida como la leche.
– Y quiero que mi casa siga en pie cuando todo esto termine.
Ella retrocedió un poco y entonces él arremetió contra Jack.
– ¿Y tú? ¿Qué demonios pasa contigo? Estoy aquí parado, gritándole a tu hermana.
Jack parpadeó varias veces, claramente confundido.
– ¿Por qué no me golpeas?
Alec masculló un juramento y volvió a entrar en la casa. La perspectiva de marcharse a Roma parecía cada vez más apetecible.
Charlotte se quedó mirando a su hermano, pero él apartó la vista de inmediato y se puso a revisar las anotaciones de uno de los asistentes de producción. Los decibelios descendieron hasta niveles normales para un rodaje y todo el mundo volvió al trabajo.
Raine miró a su amiga.
– Esto no es normal.
– Gracias a Dios -dijo Charlotte.
– No sé qué mosca le ha picado.
– Tiene razón -dijo Charlotte-. Le prometí que todo iría bien.
– Pero Alec nunca grita. El se va minando poco a poco y entonces empieza a maquinar. Podría llegar a arruinarte lentamente. Pero nunca pierde los estribos de esa forma.
